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Comenzaba un nuevo día, y nos pusimos en marcha, una y otra vez, dunas
que parecían imposibles se interponían en nuestro camino, y elegir
el paso "menos malo", era complicado y muchas veces nos obligaba a
bordear cada cordón buscando una zona con algo de vegetación entre
la arena. Nos íbamos turnando en el papel de guía, y la situación
se ponía tensa en algunos momentos...
Por fin, ya hartos de dunas y con arena hasta en los ojos, descubrimos Tembain
en la lejanía. Nosotros, que esperábamos un centro turístico
con al menos un café y un lugar de acampada, nos quedamos sorprendidos,
cuando sólo encontramos un enorme montículo rocoso, cuya única
animación eran unos camellos pastando. Santiago, decidió ir a
Bir Tembain, donde tan sólo encontró un pozo y un pastor de camellos,
mientras, el resto descansaban admirando el reseco valle de Tembain desde el
monte.
Con la satisfacción del objetivo cumplido, pero ya bastante cansados
de dunas infinitas, buscábamos afanosamente una pista ancha y marcada
que nos llevara sin muchas dificultades hacia el norte, era algo que esperábamos
encontrar, teniendo en cuenta que múltiples taxis y excrusionistas iban
a Tembain desde Douz. Rastreábamos el terreno, pero al llegar frente
a un gran cordón de dunas, la pista se perdía y nuestras esperanzas
de una vuelta fácil, también.
Quizá la pista bordeaba por el este, hacia allí nos dirigimos,
esperando cruzarla, pero nos alejábamos cada vez más de la ruta
prevista, los depósitos de Ángel y Santiago estaban a punto de
entrar en reserva, y sólo disponíamos en total de dos jerrys para
los tres coches. Nos empezamos a preocupar en silencio (como siempre), y con
sangre fría decidimos que la única solución era tirar de
frente contra las dunas y atravesarlas como fuera.
Mientras subíamos, con Fernando a la cabeza, cada uno pensaba cómo
organizar la búsqueda de combustible en caso de que alguno de los coches
no pudiera seguir. Por fin, llegamos arriba de las dunas, del tirón,
sin un sólo tropiezo, y es que "el hambre agudiza el ingenio",
y desde allí, fuimos descendiendo con cuidado, hasta que vimos no muy
lejos, acampados entre las dunas varios coches.
Era nuestra única esperanza, que los desconocidos viajeros nos pudieran
dar algo de combustible. Hacia allí se dirigieron Ángel y Santiago,
para descubrir que nuestros salvadores eran un grupo de aventureros alemanes,
que si bien al principio eran bastante reacios, finalmente aceptaron vendernos
un jerry de gasoil (a 1 € el litro). Por fin, y aunque nuestro déficit
de combustible era más psicológico que real, pudimos llenar todos
los depósitos y seguir tranquilos y confiados hacia Douz.
Desde aquí, la vuelta fue muy sencilla, pero larga, atravesando arenosas
y polvorientas pistas que cruzaban un Parque Natural, y llegaban a la pista
que va de Douz a Ksar Ghillane.
¡La aventura había terminado!
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